
En el cruce de caminos, lloraba por el mundo. El destino había encadenado la vida mortal como el ganado, y los largos días pesaban con las cargas terrenales. Dioses, fantasmas e inmortales por igual habían jugado como cómplices, y la noche avanzaba incansablemente. La crueldad sacudía incluso las más pequeñas alegrías en sus sueños.