
El tiempo fluyó, empapando las colinas y la hierba. Las alas blancas batieron nuevamente con gracia ascendente. El momento señalado llegó, y el ave blanca ya no permaneció en los tranquilos campos. Extendió sus alas, montó el viento, cruzó picos superpuestos y voló hacia la brillante ciudad de calor humano, donde la niña habitaba.