
Su dobladillo rozó el arroyo, sin dejar rastro de polvo; sus alas rozaron las copas de los árboles sin moverlos. Su aliento era tan ligero como la niebla del bosque, tan delicado que no perturbaba ni al viento sensible. Solo la sombra del juicio confirmó su existencia: una miríada de rastros, mil testimonios silenciosos.