
El tiempo pasó, el destino siguió su curso natural. Incluso donde las huellas humanas eran escasas, los viajeros del mundo mortal podían tropezar con este lugar apartado, riendo con los peces del arroyo y jugando con las bestias del bosque. Pintura delicada adornaba sus mejillas, como glicinas reflejadas sobre el agua, sonrojadas por el rosa inclinado, o como la luz de las estrellas de las montañas distantes, brillando entre las nubes flotantes.