
Donde el viento nocturno soplaba con el frío del rocío, las lámparas del polvo mortal aún brillaban. El pájaro blanco despertó en medio de una niebla cálida. Los colores pintados permanecían en las mejillas de la niña como antes. Las lágrimas aún no se habían secado en sus ojos, pero ya brillaba luz de estrellas en ellos, como el cielo despejándose después de la lluvia. Sobre el escritorio, el rollo de seda yacía esparcido, el sello estampado descansando pesado como una montaña.