
Inclinó la cabeza, sumiéndose en un sueño hermoso entre el ramaje frondoso. En el sueño, tejió las tenues llamas de la galaxia en vientos ululante para forjar un par de alas poderosas. Con un aleteo fuerte, se elevó por los cielos y surcó las nubes; hasta la luna solitaria tarareó una dulce canción de cuna en su honor. Finalmente, gritó su nombre: Lucila.