
Su palma descansaba sobre esa piel áspera. Dentro de esas texturas estaban tallados años que la barda nunca había compartido. Eran años que no podían escribirse en verso, pero que ardían con vida de igual manera. Parecía vislumbrar su pasado vivo y claro, como la joven bestia que una vez la había conmovido tan profundamente.

Verde que te quiero verde