
Tres horas enteras de música limpiaron con paciencia el polvo de los extraños. El destino levantó la cálida nariz de la joven bestia y la posó suavemente sobre su mano temblorosa. Abrumada por una alegría repentina y desbordante, sintió como si ella misma se hubiera convertido en un poema a punto de ser leído por otra vida.