
La noche yacía oscura como la tinta, el bosque estratificado impregnado de sombras. Solo la hoguera saltaba incansablemente en la oscuridad, sus llamas brillantes bañando los árboles circundantes en dorado y rojo cálido. La forma dormida de su enorme amigo, su aliento caliente, todo la transportaba de regreso a la alegría salvaje de los momentos que acababan compartir.

Verde que te quiero verde