
Viviendo codo a codo, desde el amanecer hasta el atardecer, el ave blanca llegó a comprender que todos los cromalmas estaban atados a la rueda del destino. Aunque sus vidas eran muy parecidas a las de los humanos, nunca podrían vivir con la misma libertad que los mortales. La niña no se había ido sin una despedida ese día. Más bien, el destino mismo se había volcado, un límite que ninguna voluntad podía cruzar.