
Las ramas de jade rompieron su sombra fragante; las ciruelas rojas mancharon la seda pálida. Esta vez, no hubo palma suave para calentarla, ni luz de linterna brillante para guiar el camino. Una pluma blanca impecable cayó en el polvo y el barro, su espíritu apagándose, desvaneciéndose poco a poco. Luego, tenue como un hilo de seda, surgió una voz llamada, y pasos apresurados llegaron desde lejos, hasta que finalmente fue acunada en un abrazo fragante y exuberante.