
La casa de los días antiguos permaneció, pero no se encontraban flores. El claro repique de las perlas debajo de la ventana se había desvanecido sin dejar rastro. El ave blanca permaneció en el patio, estirando su cuello día tras día, solo para darse cuenta de que, en un abrir y cerrar de ojos, las mareas del destino habían cambiado, y la persona familiar se había ido. Lo único que quedaba eran pasillos vacíos y corredores silenciosos.