
Una vez, un cazador furtivo miró a través de sus binoculares y se encontró con un ojo que reflejaba la luz de la luna. No había rabia en aquella mirada, solo una fría indiferencia, como quien observa hormigas desde arriba, una última advertencia dada sin urgencia. El cazador furtivo huyó, conmocionado hasta la médula, y nunca más se atrevió a regresar al bosque.