
El destino cambiaba una y otra vez, subiendo y bajando como las mareas, convirtiéndose gradualmente en un laberinto. Al despertar de sueño tras sueño, la chica se preguntaba quién debía ser. A veces, una silenciosa tristeza se acumulaba entre sus cejas. Sin embargo, en los ojos del ave blanca, el suave resplandor de su mirada y el cuidado de sus dedos permanecían exactamente igual que antes.