
En esa bruma, se deslizó como lenteja de agua o sauce primaveral. En algún lugar más allá, llegó a descansar, oyendo solo el sonido del agua goteante. La semilla espiritual despertó, tenue y medio ciega, pero sin miedo. Rompió la oscuridad, luchó para liberarse del barro, y cuando se abrió por primera vez sobre el agua, la luz de las estrellas se derramó por el estanque, clara y delicada, a diferencia de cualquier otra cosa.