
El coloso estaba bañado en un oro fundido al atardecer. Sus pasos pesados se convirtieron en profundos tambores, el pelaje brillante balanceándose con el movimiento. Al ritmo del latido del corazón de la tierra, echaba la cabeza hacia atrás en rugidos agudos y urgentes, para luego bajarla de nuevo, su aliento cálido levantando torbellinos que hacían caer frutos de las copas de los árboles.

Verde que te quiero verde