
Las brumas errantes no sabían nada de la locura humana. Sombríos y vastos, los arces besados por la escarcha resplandecían a través de mil montañas, ardiendo brillantes, pero silenciosos. Una y otra vez, intentó atrapar las hojas carmesí en tinta y encerrar viejos sueños en ellas. Sin embargo, al despertar en la noche, encontró la tinta aún húmeda y los arces helados más allá de la ventana, sin color.

Lazos de tinta