
Cuando asumió su responsabilidad por primera vez, sus alas aún eran inexpertas. Una vez salvó a un polluelo de las fauces de una bestia. Con el tiempo, aprendió que proteger significaba dejar que la vida siguiera su curso: crecer o marchitarse. A partir de entonces, dejó de lado sus sentimientos personales e intervino solo cuando el equilibrio se rompía.