
Con los ojos cerrados y las manos entrelazadas, era la doncella divina a la que se le confiaba la esperanza, destinada a traer de vuelta a sus dioses algún día. Nacieron brotes verdes, los árboles florecieron, y las incesantes oraciones de la torre finalmente se convirtieron en un milagro, fluyendo por sus labios.

Oraciones sin rastro