
Una luz dorada brillaba, las olas de trigo se extendían sin fin; ella era la doncella divina destinada a traer de vuelta a sus dioses, a restaurar la prosperidad eterna prometida por la divinidad. Cicatrices serpenteaban por su piel, su cabello negro se marchitaba, pero nadie notó el rostro que ofrecía a los dioses en la torre. Desde entonces, el mundo olvidaría su rostro.

Oraciones sin rastro