
Iluminada por la luna y acompañada de susurros, era la doncella divina que oraba por su pueblo y seguía las enseñanzas de su dios. El frío azotaba, el vacío se extendía, y en la torre, se dedicó a su pueblo, con una sinceridad desconocida. Desde entonces, el mundo olvidaría sus alegrías y sus penas.

Oraciones sin rastro